Mucho se ha dicho respecto del “partido científico”; pero la verdad es que éste no ha existido jamás, al menos como verdadero partido, y lo más propio sería considerar á este grupo de especuladores políticos constituido para explotar á la nación como “Chanchuyero científico”.

El tal grupo está capitaneado por José Ives Limantour, el Ministro 먹튀 de Hacienda, colaborador, socio y cómplice de Porfirio Díaz en todo negocio podrido. Dicho grupo está formado por economistas improvisados que plagian á Leroy Beaulieu y á Augusto Comte de la manera más desvergonzada. Los más virulentos de los representantes del grupo son Carlos Díaz Dufoo y Manuel Flórez. Los directores visibles de este trust de todos los negocios de México, son Sebastián Camacho, Pablo Macedo, Miguel Macedo, Joaquín D. Casasús, Pimentel y Fagoaga, José Castellot, y cuatro ó cinco más, todos ellos inteligentes, quizás demasiado inteligentes, quienes forman una especie de muralla china al rededor del Ministerio de Hacienda, que es su Pactolo, á fin de impedir que otros se puedan bañar en las aguas de oro. Son abogados, banqueros y periodistas, y ningún negocio de importancia puede prosperar con el gobierno, ni en la prensa, ni en los tribunales sino es patrocinado por los acaudalados de la oligarquía.

[p. 126]Este grupo, ensoberbecido por el buen éxito, pretendió elevar á la presidencia á su jefe Limantour, no por consideraciones políticas, sino por conveniencia mercantil, para poder continuar de un modo indefinido y en mayor escala su obra de espoliación.

He aquí la parte interna de la historia de cómo perdió Limantour la vicepresidencia, á causa de una indiscreción cometida en un “five o’clock tea”. Los miembros del grupo “científico” habían convencido al Presidente Díaz de la conveniencia política de hacer una visita á los Estados Unidos y á Europa, como la que verificó el General Grant; viaje que no sólo serviría para ensanchar el prestigio de la nación, al ser anunciado el nombre de su Presidente por el mundo entero, sino que serviría también para patentizar que Porfirio Díaz podía dejar á México en paz con Limantour de vicepresidente.

Díaz se encontraba seguro por lo que á Limantour respecta, pues pensaba dejar al General Reyes en el Ministerio de la Guerra, como un contrapeso en la balanza de la política. Pero Limantour confió el secreto á su esposa, la que, en su alegría, no pudo resistir al deseo de hacer la confidencia á algunas de sus amigas de que “el próximo five o’clock tea les sería ofrecido en el Castillo de Chapultepec”.

Las que oyeron la confidencia, fueron á todo correr á llevar el soplo á Carmelita Díaz, la esposa del Presidente. Carmelita, como generalmente la llaman los mexicanos, sintió altamente ofendida su dignidad y su vanidad de reina de México, y en vez de quejarse con el Presidente, tomó el más hábil de los partidos. Llamó á Teodoro Dehesa, Gobernador de Veracruz y uno de los mejores amigos de Porfirio Díaz, y le contó el incidente, añadiendo, por vía de reflexión, “que si esas gentes obraban con tanta arrogancia cuando todavía se encontraban sometidas á la subordinación, ¿á dónde llegarían cuando Porfirio se encontrase fuera del país?” Suplicó á Dehesa que tomara cartas en el asunto en favor de ella y en favor de Porfirio.

Dehesa cumplió con su cometido con tanta habili[p. 127]dad que llegó á convencer al Presidente de su error, y Porfirio le ordenó que se apersonase con Limantour y le arrancase un documento en que lo relevase de su compromiso.

Por largo tiempo figuró como uno de los tenientes del “grupo científico” un tal Rosendo Pineda, del que hablaré un poco después.

En contraposición con este grupo se encontraba el partido “reyista”, el que llegó á su apogeo cuando su jefe, el General Bernardo Reyes, se encargó de la cartera de la Guerra.

Los antecedentes de Reyes no eran los más apropósitos para conquistarle popularidad, pues hay en su vida páginas de sangre que lo hacen más temible que el mismo Porfirio Díaz.

Pero Reyes no es ladrón y, además, aparece como patriota, liberal y ultramexicano, y, por el momento, era el único hombre que podía ponerse enfrente del partido de Limantour para equilibrar su influencia, puesto que representaba ideales contrarios á los de la mafia científica. Reyes creó “La Segunda Reserva”, que fué una especie de guardia cívica al servicio inmediato del Ministerio de la Guerra. En esa segunda reserva podía afiliarse todo individuo que pudiese probar en un examen que tenía los conocimientos rudimentarios para desempeñar el cargo de subteniente, lo que le daba carácter militar y el derecho de portar uniforme y espada. Los obreros, siempre mediante examen, podían aspirar á cabos y sargentos.

El proyecto agradó á las masas y despertó inmenso entusiasmo. Todo el mundo comprendió desde luego las trascendencias de esta idea y las ventajas que podrían sacarse de una organización semejante, en un momento dado. Pero Limantour lo comprendió también y, como lo tengo dicho en otro capítulo, Reyes fué eliminado del Ministerio de la Guerra, é inmediatamente quedó abolida la Segunda Reserva.

En la campaña que emprendieron los reyistas contra Limantour y los “científicos”, hicieron un verdadero[p. 128] despilfarro de acritud y de energía. Fundaron periódicos y atacaron á la cuadrilla con tal violencia y denuedo como no se había visto jamás en México. Muchos jóvenes de talento y de influencia figuraron en esos periódicos. El más prominente de todos fué Rodolfo Reyes, hijo del General, abogado talentoso, sin miedo, enérgico, de gran cultura y con una vida privada inmaculada. Está llamado á ascender muy alto en su país en cuanto cambie la situación, á pesar de ser hijo del General Reyes. Una vez le pregunté cuál era el programa político de él y de su padre, y me contestó:—“Mi padre y yo trabajamos cada uno por su lado, aunque ambos tenemos un ideal político común: el de oponernos á que se mezclen los negocios con la política”.

Los dos hijos de Joaquín Baranda, que era entonces Ministro de Justicia, fueron de los más audaces en el ataque. Los escritores de más talento fueron Luis del Toro, el Dr. Francisco Martínez Calleja, José J. Ortiz y Diódoro Batalla. Publicaban “El Correo de México” y “La Nación”, y es seguro que en México nunca se han leído editoriales más impetuosos, más hábiles, cáusticos y contundentes. El pobre Limantour y su “pandilla científica” fueron atenazados por la publicidad, sin compasión alguna, y les arrancaron á jirones su hipocresía política hasta dejarles los huesos al descubierto.

Si un “five o’clock tea” echó á perder las posibilidades de Limantour para la vicepresidencia, los artículos de los dos periódicos mencionados lo acabaron de desacreditar como candidato á la presidencia, ante los ojos del pueblo mexicano.

En el grupo de los reyistas figuraban también Joaquín Baranda, el más inteligente de todos, y que era á la sazón Ministro de Justicia, y ejercía gran influencia en los Estados de Campeche y de Yucatán, cuyos gobernadores eran hechura de él; Teodoro Dehesa, gobernador de Veracruz, quien tiene mucho del cardenal Mazarino, y el más sutil y hábil de los políticos mexicanos, y el General Bandala, á quien llaman por apodo “el Vándalo”, gobernador de Tabasco; de manera que el reyis[p. 129]mo dominaba en todos los Estados del golfo de México.